FOLCLORE Y MÚSICA POPULAR A TRAVÉS DE LA MARCHA PROCESIONAL

Desde los primeros años del siglo XX la marcha procesion

al ha ido recibiendo el influjo de otros géneros, tanto de la música culta como de la música popular, y dentro de esta, desde música vocal hasta instrumental o mixta.

LA SAETA

De la voz al pentagrama

Con la llegada del siglo XX, la saeta, cante denostado e incluso prohibido en el último tercio del XIX, fue paulatinamente aceptado y considerado uno de los elementos imprescindibles de la Semana Santa.

La saeta preflamenca, breve, sencilla e interpretada por personas anónimas, fue dando paso a la saeta flamenca de la mano de grandes figuras como Manuel Centeno (considerado el primer cantaor de saetas flamencas en Sevilla), Pastora Pavón y Manuel Vallejo.

Joaquín Turina, en El Jueves Santo a medianoche (1908) y posteriormente en Margot (1913) plasma fidedignamente una saeta preflamenca.

En la marcha procesional, todos los autores utilizan el procedimiento del “folclore imaginario”, heredado del nacionalismo europeo, mediante el cual crean melodías de saetas desde su prisma personal.

El primer autor que inserta una saeta en una marcha sevillana es Manuel López Farfán en Spes Nostra (1904). La saeta -preflamenca- la ejecuta un fliscorno apartado del resto de la banda, en ocasiones incluso desde un balcón, lo que conllevó una apreciable fama durante las primeras décadas del siglo.

López Farfán siguió cultivando la saeta en otras de sus composiciones, como La Esperanza de Triana (1925) -en esta ocasión para violín o clarinete en su defecto- e Impresión de Jueves Santo en Sevilla (1938), en la cual la saeta está estipulada para voz de tenor.

Manuel Font de Anta plasmó en Soleá, dame la mano (1918) sus impresiones sobre la saeta de un preso de la Cárcel del Pópulo a la Esperanza de Triana y un año después, en Amarguras, recrea una saeta en los últimos compases, antes del final.

 

En poco tiempo se va convirtiendo en un elemento compositivo recurrente, y así tenemos a Pascual Marquina con su célebre Procesión de Semana Santa en Sevilla (ca. 1922) o a Pedro Braña en su ópera prima procesional: Angustia (1945).

Manuel Borrego por su parte, estiliza  la saeta preflamenca en Saetas (ca. 1937) y especialmente en Cristo de Vera Cruz (1941).

Un punto de inflexión supone la labor compositiva de Pedro Gámez Laserna, que es el primero en transcribir saetas flamencas cuasi literales, en este caso carceleras, en Saeta cordobesa (1949) y El Cachorro, Saeta sevillana (1967). En El Cachorro, Saeta sevillana, su última composición al frente de la música de Soria 9, transcribió una toná del saetero de Castilleja de la Cuesta Luis Cabrera. 

Esta técnica de transcripción solo ha sido utilizada posteriormente, ya en época actual, por David Hurtado Torres en ¿Quién te vio y no te recuerda? Saeta jerezana.

PASAN LOS CAMPANILLEROS

El coro de la Soledad de Castilleja

A comienzos de 1924 Manuel López Farfán recibe en su casa de la calle González Cuadrado a Leopoldo Rodríguez Luque -director del Coro de Nuestra Señora de la Soledad de Castilleja de la Cuesta- y a Heraclio Rodríguez Oliver, miembro del mismo. Ese día cambió la historia de la música procesional.

Ambos cantaron varias coplas del repertorio del coro, que Farfán iba anotando, resultando elegida “En la cima del monte Calvario”. Centrada en la imagen de la Virgen al pie de la Cruz, la copla refleja un pasaje similar al del paso de Misterio de la cofradía de las Siete Palabras, a la que la Banda de Soria n.º 9 acompañaría por vez primera ese año. Pasan los campanilleros, por tanto, está dedicada a la Virgen de los Remedios.

De entre los instrumentos habituales del coro, Farfán incluyó finalmente en la partitura el güiro (rascador), el triángulo y la campanilla, mientras que la copla la cantaron varios músicos de la banda.

Interpretada por primera vez tras el palio de la Virgen del Socorro por la calle Sierpes, Pasan los campanilleros cosechó de inmediato un éxito absoluto, como reflejan numerosas crónicas periodísticas de aquel día.

“Pasan los campanilleros”. Esta página musical del maestro Manuel Farfán fue el “clou” del día de ayer. A las siete de la tarde salió del Salvador el Cristo del Amor, esa soberbia escultura de Montañés, una de las mejores que recorren la carrera. Marcha la cofradía con mucho orden. Detrás del paso de la Virgen del Socorro marcha la banda de Soria. Observamos que el profesor del bombo lleva en uno de los lados de éste una campanilla, el caja un carrasclás, otro músico un triángulo. Sobre el papel pautado unos versos. ¿Qué tendrá preparado Farfán?Y Farfán traía preparada una marcha preciosa, que titula “Pasan los campanilleros”. La banda toca lentamente una melodía, en la que uno de los instrumentos, el oboe, imita una copla que canta un ángel. El público escucha silencioso, le extraña aquello y le agrada. De pronto calla la banda y se escucha lentamente una rondalla de campanilleros antiguos. En el público se produce un movimiento de curiosidad. Se oye una voz clara que dice este verso: “En la cima del monte Calvario”, verso que repiten todos los de la orquesta, recogiendo de nuevo ese verso para continuar la copla, que es como sigue. […] Al terminar la copla estalló clamorosa la ovación. El público se ha sobrecogido ante aquel alarde de arte. No es el tono de los villancicos de Pascua, ni las coplas de la Purísima. El maestro Farfán ha adaptado la música al momento triste de la Pasión. Es algo raro y delicado, algo que sobresale, que llama la atención, que agrada a todos, y así el maestro fue premiado con grandes ovaciones que el público no podía refrenar.
(Diario El Liberal, 14 de abril 1924)

Es esta obra del señor López Farfán tan delicada y emocionante que, desde que fue ejecutada por primera vez al entrar la Cofradía del Cristo del Amor por calle Sierpes, el público, puesto en pie, no cesó de aplaudir a la banda del heroico regimiento. En la Plaza de San Francisco los aplausos adquirieron caracteres de clamoreo, viéndose al señor López Farfán visiblemente emocionado. Al entrar la procesión en el templo del Salvador, a las doce de la noche, el enorme gentío que siguió durante toda la carrera a la banda de Soria no dejó de aplaudir pidiendo que repitiese una vez más “Pasan los campanilleros”. El señor Farfán accedió a los deseos de la muchedumbre y antes de retirarse la banda, esta volvió a repetir “Pasan los campanilleros”, en mitad de la Plaza del Salvador, siendo ovacionada de nuevo.
(Diario La Unión, 14 de abril 1924).

LA MÚSICA ESCÉNICA

Teatralidad y espectáculo

La zarzuela es el género por excelencia de los teatros y los cafés de la época y su influjo llega hasta la música religiosa en forma de marcha procesional durante la primera mitad del siglo XX.

A nivel melódico encontramos obras con giros propios del cantante de zarzuela, sostenidos por acompañamientos armónicos que desgranan a la perfección las bondades de la música española escénica. Asimismo, aparecen marchas procesionales con la inclusión de cantantes solistas y coros, al estilo de los números propios del género chico.

La primera marcha documentada con acompañamiento coral es La Expiración (1923) de Arturo de Ysaura -dedicada al Cachorro-, con gran aire marcial y sinfónico, donde el coro es absoluto protagonista.

Poco después, Manuel López Farfán en El Dulce Nombre (1925) desarrolla sus habituales innovaciones (en este caso, una melodía interpretada por ocarinas) y remata la pieza con un gran solo de tenor y coro. Esta misma técnica la emplea en otras composiciones posteriores como La Semana Mayor (1935).

El mismo año de 1925, Rafael Carretero y Manuel Ruiz Vidriet (músicos de la orquesta del Teatro del Duque) componen El Refugio. Esta pieza descriptiva narra el transcurso de la cofradía de San Bernardo por la Catedral durante el Miserere e incluye un fragmento del Redde. La banda de Tejera, que la estrenó en los Palcos ese año en presencia de la Infanta María Luisa, contó para el Redde con el acompañamiento de cuatro seises, logrando un sonoro éxito. Poco después, Vidriet y Tejera estrenaron la popular Rocío, de gran trascendencia posterior.

Las dos marchas que Jacinto Guerrero dedicó a las cofradías sevillanas, Candelaria (1938) y Macarena (1946) son un fiel exponente de la extrapolación de la música escénica al género procesional, siendo el autor uno de los referentes del género de la zarzuela.

LA MÚSICA ANDALUZA

Trascendencia de lo autóctono

A partir de los años 20, algunos autores utilizan recursos melódicos y armónicos del folclore en diversas composiciones. Estos recursos, provenientes de la música popular, como la tonadilla y el cuplé están basados en estructuras estandarizadas propias de la música española, con gran influencia de la cadencia andaluza, melodías de carácter cantable y giros melódicos propios de la canción popular.

Uno de los primeros ejemplos de esta técnica lo encontramos en Nuestra Señora de la Palma (1927) de Manuel López Farfán, en la cual, recurriendo al folclore imaginario, los saxofones y bombardino desarrollan una melodía inspirada en la seguidilla y el fandango con acompañamiento de castañuelas, extrapolando música popular propia del folclore a una marcha procesional. De igual manera procede Manuel Borrego evocando una sevillana en Paso de palio (1950), pieza que finaliza con el sutil tintineo de los rosarios en los varales del palio de Montesión, al que está dedicada.

El violinista José Martínez Peralto es uno de los mayores exponentes del carácter andaluz en las marchas cofradieras, especialmente en Virgen del Subterráneo (1953) -con ritmo de zambra- y otras como Esperanza Trianera (1940) o Hiniesta (1945).

Manuel López-Quiroga, el célebre “Maestro Quiroga”, desarrolla en su singular  Virgen de la Palma (1945) una música que bien podría pasar por una de sus populares e inspiradas coplas. En esta misma línea tenemos Virgen de la O (1960) de José Gardey y Luis Rivas con temas que nos recuerdan a la música de Isaac Albéniz, experto en capturar la esencia de la música popular.

La influencia de la música andaluza, como reminiscencia estilística, está presente de manera recurrente en numerosas obras, como Macarena (1943) de Emilio Cebrián o Nuestra Señora del Patrocinio (1969) y Sevilla cofradiera (1972) de Pedro Gámez Laserna.

 

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