LA MÚSICA DE CAPILLA

 

La música de capilla, tan vinculada a las cofradías más sobrias, va mucho más allá de un simple cliché adscrito a un determinado carácter procesional. Más aún, goza de una entidad musical inherente tan significativa que ha propiciado que hermandades como el Silencio o el Valle tengan una férrea identificación con algunas de sus obras, consideradas ya como emblemas de ambas cofradías.

 

Aunque es el género musical procesional más antiguo, su crecimiento exponencial en las últimas décadas le ha llevado a su plenitud y al indudable apogeo que vive en nuestros días. Tal desarrollo ha vivido y sigue viviendo, que las de capilla no son ya meras melodías sencillas y pragmáticas, únicamente contextualizadoras del ambiente y el momento ascéticos, sino que se han convertido en una música capaz de llamar al recogimiento por sí misma, acreedora de un amplio abanico de posibilidades estéticas y poseedora de un gran número de piezas de auténtico mérito artístico.

 

Los ministriles y las capillas musicales del Renacimiento son el origen de la actual música de capilla. Aquellas eran agrupaciones de cantores acompañados por un órgano, añadiéndose con posterioridad un conjunto de “ministriles”, que eran intérpretes de diversos instrumentos principalmente de viento (chirimías, sacabuches, bajones, cornettos, etc). Las capillas musicales solemnizaban la ceremonias litúrgicas y otros actos eclesiásticos, y la tarea de los instrumentistas era casi siempre la de doblar las voces de los cantores para servirles de apoyo y dar más realce a la obra.

Sin embargo, los ministriles también actuaban en solitario. De hecho, poco antes de unirse a las capillas musicales habían empezado a tocar en las procesiones, actividad que continuaron ejerciendo paralelamente a su intervención dentro de los templos.

 

Los usos musicales y las regulaciones eclesiásticas hicieron evolucionar el conjunto de instrumentos de viento en las procesiones. Así aparece el grupo formado por un par de chirimías y un bajón, predecesor de la formación de la que deriva la música de capilla: dos oboes y fagot. Entre ambos tríos se enmarca la que hasta ahora tenemos como primera obra del género como tal: las Canciones a tres a Jesús Nazareno, conocidas como “Saetas del Silencio”, cuya composición se estima aproximadamente en el siglo XVIII.

El nacimiento del clarinete en esa misma centuria y su consolidación en España a lo largo del XIX acabaría dando lugar a la sustitución del segundo oboe, estableciéndose así la plantilla instrumental considerada hoy como canónica: oboe, clarinete y fagot. A la misma se agrega en ocasiones un cuarto integrante: una flauta, un segundo oboe, un segundo clarinete o incluso un corno inglés.

 

El siglo XX fue fundamental en el desarrollo de la música de capilla como hoy la conocemos. Surgieron intérpretes que se dedicaron a ella de manera cada vez más especializada, habiendo sido anteriormente una tarea desempeñada en muchas ocasiones por músicos de la Banda Municipal. Asimismo, a principios de los 80 comenzó el crecimiento definitivo del número de composiciones, rompiéndose así la costumbre de interpretar apenas una o dos piezas distintas en cada hermandad.

 

Todo ello fue dando lugar a importantes hitos para el género, como la grabación del primer disco monográfico en 1987 o la catalogación a mediados de los 90 de todas las obras conocidas hasta entonces, labor reflejada en dos trabajos discográficos de la Capilla Musical de Sevilla.

 

El variado repertorio de posibilidades que ofrece la música de capilla propicia que existan obras para trío, para cuarteto, con acompañamiento de coro, con carácter descriptivo o para el rezo del vía crucis, e incluso obras sacras en las que, como en una vuelta al origen, el grupo de capilla deja el papel protagonista a las voces.

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