LA MÚSICA EN LOS CULTOS DE LAS COFRADÍAS

Las hermandades llevan procurando desde antiguo dar el mayor esplendor a sus cultos internos, valiéndose para ello de los mejores predicadores, del cuidado de la liturgia y de un ornato admirable por su belleza y suntuosidad. En ese conjunto de elementos dispuestos para mayor honra de sus titulares hay uno que siempre ha ocupado un lugar destacado: la música.

 

Desde el siglo XVIII –y aún en la actualidad– los compositores han ido escribiendo música dedicada a nuestras imágenes y concebida expresamente para las hermandades y sus cultos, celebraciones sacramentales y festividades marianas. Obras que han sido escritas para coros y solistas acompañados por órgano o por orquesta (pequeña en unos casos, de consideración en otros) y que han dado lugar a misas, villancicos, motetes, alabados y, sobre todo, coplas, conformando así un patrimonio musical tan desconocido como rico y valioso.

 

Vicente Gómez-Zarzuela Pérez

(Sevilla, 1870 – Arcos de la Frontera [Cádiz], 1956)

 

La sola composición de Virgen del Valle le habría bastado para pasar a la historia de la Semana Santa y de su música. Sin embargo, el legado de Vicente Gómez-Zarzuela es mucho más amplio.

 

Cursó estudios de violín, armonía y composición. Fue propietario y editor de la “Guía oficial de Sevilla y su provincia” y estuvo vinculado con el Ateneo y con la Real Sociedad Económica Sevillana de Amigos del País.

La gran mayoría de sus creaciones fue de carácter religioso y la dedicó –salvo contadísimas excepciones– a su Hermandad del Valle, en la que ingresó en 1888 y llegó a ocupar cargos en la junta de gobierno.

 

La producción para su cofradía abarca más de 20 obras, pero sin duda son tres las más reconocidas y sobresalientes: los Motetes al Cristo de la Coronación (1918), la Misa en Mi bemol (1902) y las coplas a la Virgen del Valle bajo el título de Oración (1917). Las tres se siguen interpretando aún en la función principal del Viernes de Dolores.

 

Asimismo, Gómez-Zarzuela ostentó durante muchos años la responsabilidad de la música en los cultos de la hermandad y la dirección de la orquesta y el coro que actuaba en la función principal. En estas labores se integró como tenor su amigo Alberto Barrau, cuya trágica muerte dio lugar al nacimiento de la imperecedera marcha fúnebre que lleva el nombre de la Dolorosa.

Eduardo Torres Pérez

(Albaida [Valencia], 1872 – Sevilla, 1934)

 

Dentro de la música escrita para los cultos de las hermandades encontramos páginas de verdadera inspiración y calidad, pero si hubiera que destacar un nombre como el responsable de las más insignes sería sin duda el de Eduardo Torres.

 

Compositor, organista y crítico musical, fue amigo de Manuel de Falla y fundó junto a él la Orquesta Bética de cámara, siendo además su primer director. Amante de la estética impresionista, escribió principalmente obras religiosas y música para órgano –en la que es un auténtico referente–, pero también zarzuelas y otras composiciones profanas, firmadas bajo pseudónimo por su condición de sacerdote.

 

Llegó a Sevilla en 1910 para ocupar el cargo de maestro de capilla de la Catedral. En años sucesivos dedicó bellísimas coplas al Cristo del Calvario, al Cristo de las Tres Caídas de San Isidoro, a la Virgen de la Amargura, al Cristo de la Buena Muerte de los Estudiantes y a varias hermandades de gloria. De igual manera, fue instructor de los seises y escribió coplas para los cultos catedralicios al Santísimo y a la Inmaculada. Suya es también la música del himno del Congreso Mariano de 1929, el célebre y popular Salve, Madre.

 

Joaquín Turina Pérez

(Sevilla, 1882 – Madrid, 1949)

 

Nuestro patrimonio musical cultual tiene la suerte de contar con autores de mucho prestigio. Entre ellos, uno cuyo nombre está escrito con letras de oro en el mundo de la música: Joaquín Turina.

 

Eximio compositor, fue uno de los principales representantes del nacionalismo musical en la primera mitad del siglo XX junto a Isaac Albéniz y Manuel de Falla. De su extenso catálogo, ponderado e interpretado en todo el mundo, sobresalen la música camerística, orquestal y para piano.

 

A pesar de finalizar sus estudios musicales en Madrid y París y de fijar después su residencia en la capital española, jamás perdió su vinculación y su cariño a Sevilla. Reconocido cofrade y devoto del Señor de Pasión, legó un curioso y extenso reflejo de la Semana Santa de su tiempo a través de su afición a la fotografía.

 

En su faceta musical, además de una marcha fúnebre al Nazareno montañesino, escribió la Plegaria a Nuestro Padre Jesús de la Pasión en 1901 y la Misa a Nuestro Padre Jesús de la Pasión en 1912,  la Elevación al Santísimo Sacramento en 1903 para la Hermandad del Valle, la Saeta en forma de salve a la Virgen de la Esperanza en 1930 para la Hermandad de la Macarena y tres obras para los cultos de la Hermandad del Amparo en los años 20. En nuestros días contamos también con la celebrada adaptación a banda de música de la marcha inserta en su ópera Margot.

 

Son muchos los músicos que han realizado a lo largo de la historia alguna aportación para los cultos de las hermandades. Entre ellos podemos destacar:

 

  • Manuel Font de Anta: Jesús del Gran Poder Poema religioso, con letra de Serafín y Joaquín Álvarez Quintero.
  • Manuel Font Fernández de la Herranz: Cantata en honor del Santísimo Cristo de Burgos, con letra de Juan Francisco Muñoz y Pabón.
  • Manuel Castillo Navarro-Aguilera: Plegaria a Nuestra Señora de la Presentación, con letra de Manuel Henares Ortega.
  • Norberto Almandoz Mendizábal, que compuso coplas para las hermandades de Pasión, la Candelaria y el Valle.
  • Pedro Gámez Laserna: Faz Divina, con letra de Manuel Jiménez Merelo, para la Esperanza Macarena.

 

También en la autoría de las letras encontramos nombres insignes, como los ya mencionados Muñoz y Pabón y Álvarez Quintero, Antonio Rodríguez Buzón, Pedro Alonso-Morgado, Francisco Rodríguez Marín y Aurelio Verde.

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